Midsommar llega a plena luz del día para hacernos temblar. No necesita oscuridad, ni las herramientas habituales para sumirnos en un terror tan real, que es posible que quieras apartar la vista.
Ari Aster ya lo hizo con Hereditary, una película que solo con el tráiler nos resultaba casi insoportable. Con ella, el cineasta llegó para cambiar el género de terror y romper los esquemas del género en su versión más contemporánea.
Y repite con Midsommar, un relato que ya ha conquistó a la crítica con sus primeros pases y que ahora ha llegado para hacerse con las taquillas de medio mundo. O de al menos aquellos que, después de ver el tráiler, se atrevan a ir al cine.
Terror a plena luz del día
Solo con el siniestro tráiler ya nos hacemos una ligera idea de lo que está por venir. Dani (Florence Pugh), Christian (Jack Reynor), sus compañeros de estudios y un guía local, Pelle (Vilhelm Blomgren), visitan la comuna sueca de Hälsingland para celebrar un festival de nueve días por el solsticio de verano que se celebra una vez cada 90 años.
Un pueblo aislado en Suecia, unos rituales y tradiciones ancestrales cada vez más siniestros que percibes de forma sutil al principio y en un in crescendo pausado, delirante y perturbador. De un baile folk que practican los locales vestidos de blanco, despreocupados y felices, con coronas de flores, podemos pasar en el mismo plano a una imagen aberrante que te sacude, sin medias tintas.

Y todo esto sin necesidad de apagar las luces o tirar de noche cerrada. A plena luz, y con una fotografía condenada al verano que resulta tan bella como tétrica.
Como con Hereditary, Aster sigue trabajando con metáforas que mezclarán el horror con la familia y en esta ocasión, hasta con las relaciones de pareja. Eso sin dejar de hilar lo ancestral con lo más millennial, como en un cuento de hadas del que parece imposible escapar.

La película de terror del verano
No ha necesitado grandes sustos. Ni siquiera esa atmósfera tétrica más clásica. Solo ha buscado la claridad del sol y el folk horror como en los clásicos El hombre de mimbre y La matanza de Texas. Ari Aster lo ha vuelto a hacer y ha logrado con Midsommar la que, sin duda, es la película de terror del verano que todos los amantes del género y hasta los que no lo son, querrán ver.
Foto | Midsommar
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sakurahime
Cualquiera que haya leído Los mitos griegos y La diosa blanca, ambos de Robert Graves, Las bodas de Cadmo y Harmonía, de Roberto Calasso, el clásico estudio sobre rituales y prácticas mágicas de los pueblos agrícolas The Golden Bough: A Study in Magic and Religion de James George Frazer puede imaginarse el final de esta película. Supongo que la única novedad argumental con respecto a El hombre de mimbre debe ser un enfoque feminista explícito.
Sobre el tema hay una estupenda novela de terror rural de Thomas Tryon, Harvest Home, sobre una pareja de Nueva York con hija adolescente que busca la tranquilidad en Cornwall Coombe, un idílico pueblo de Connecticut, cuyos habitantes viven de espaldas a la vida moderna, dedicados al cultivo del maíz y a la observancia de los antiguos rituales del ciclo agrícola. La máxima autoridad del pueblo es una adorable anciana, que conoce al dedillo las propiedades curativas de las plantas, los secretos de las confituras y conservas perfectas y que organiza solidarias reuniones de mujeres en las que se confeccionan preciosas colchas de patchwork.